Se reflejaba, claro que si. Su nombre rebotaba en las paredes y regresaba a mi como un clamor. Yo comprendía la falta que me hacía y sabía que el sonido de la lluvia que entraba por aquel vidrio viejo no iba a ser suficiente para callar su nombre en mi cabeza. Cada diminuto grano de polvo hacía percutir cada letra de su nombre en mis oídos, con cada respiro inhalaba una pizca de su aroma aún brioso. En las paredes de mi cuarto se podían observar mil ojos verdes, rostros blancos, pálidos con cabelleras de oro. No sabía cuánto más aguantaría, era inevitable esconder esa sensación de desaliento, no sabía si pensaba regresar, no sabía nada.
Los días pasaban y sin pensarlo la iba olvidando, caminaba por las calles manchadas de recuerdos que ya no sabían a ella. El olvido que era una virtud me estaba invadiendo. Poco a poco, luchando contra mi mismo dejé que sus pecas se fueran de mis palmas, que sus dedos no tocaran mi pecho pero su corazón estaba en mi alma. El eco se volvía cada vez más incesante.
Jorge E. Carmona
No hay comentarios:
Publicar un comentario