El hombre poseía un centenar de cabelleras cenizas por cada preocupación de su ajetreada vida, el paso de los años cobraba en su piel la manutención, sus barbas se cristalizaban en el otoño, y al llegar el final de septiembre las manchas de sus manos se oscurecían siempre un poco más.
Ya no era lo que se recordaba, el animoso chico desaparecía mientras más vueltas daba el viejo reloj parisino, sus corneas gastadas ya blanquecinas revelaban las ansías de ver su música, y sus pies tocaban sin piedad el pedal de aquel viejo piano, aquel mismo amante de solfeos tristes como su existencia...
Jorge E. Carmona
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